lunes, 22 de octubre de 2007

De qué estamos hechos

Raza. Ganas. Temperamento. Falta de sangre en la cara (y en las piernas). De qué estamos hechos los peruanos. Alguna vez se lo preguntó estimado lector. ¿Somos una nación guerrera y valiente? ¿Somos de sobreponernos a los embates de la adversidad y ante ella cambiar nuestro destino? Tenemos la suficiente polenta para creernos la trillada frasecita: Sí Se Puede. ¿Y es que en verdad se puede?

Minuto 11 del segundo tiempo. El encuentro de fútbol ha concluido. No lo pitó Oscar Ruiz. Lo terminó el quipo peruano. Gol de Matías Fernández y buenas noches los pastores. Que alguien apague la luz. En el Monumental de Chile solo hubo un equipo: el local. Los mismos jugadores peruanos, en un arrebato de hidalguía así lo expresaron: “Muchos se acobardaron”. Claudio Pizarro, el intocable jugador del Chelsea puso el dedo en la llaga, más tarde lo haría Norberto Solano.
Un amague de bronca. Disputas internas. Un camarín caliente. “Calenturas del partido”, que le dicen. El encuentro ante Chile lo perdimos antes de salir a la cancha. No hubo coraje ni agallas para reñir un balón. Salvo Juan Vargas el resto fue eso, el resto.
Esta es historia repetida. Por qué cuando estamos frente a la oportunidad de hacer historia, le damos la espalda. Por qué no tenemos ese plus de argentinos, paraguayos y uruguayos, frente a lo adverso. Por qué venirnos abajo cuando 45 mil espectadores te silban el himno (el resto, 15 mil eran compatriotas).
Recuerdo una escena final. 13 de agosto de 1997. Estadio de Belo Horizonte. Paulo César Autori daba la vuelta olímpica al lado de Dida y compañía. Cruzeiro Campeón de la Copa Libertadores de América. Los jugadores de Sporting Cristal tristes y desconsolados subían al podio a recibir sus medallas como el mejor después del mejor. Nada reprochable, por ciento.
Lejos de allí, en el camarín, Julio César Balerio encerrado daba rienda suelta a su fracaso, a su cólera, a su ira. Brotaba en él esa sangre uruguaya que lo traiciona y lo hace indómito. No recibió la medalla, se la tuvieron que llevar. No digo que sea lo correcto (algunos puristas dirán hay que saber perder); yo digo hay que saber cuando enojarse con uno mismo. Porque la gloria para nosotros, los peruanos, no es una combi que transite muy a menudo por nuestros caminos.
Somos genios de una mediocridad francamente sorprendente. Cada 4 años pensamos que esta vez será. A excepción de muy pocos, una inmensa mayoría se ilusiona, y la prensa deportiva se encarga de hincharles el pecho. Lo digo yo que soy parte de ella, pero no me precio de idolatrar a nadie. No se resienta lector: somos la peor selección de fútbol de esta parte del continente junto a Bolivia. ¿Venezuela? Los llaneros marchan con otros brillos.
Si es que se quiere asistir al Mundial, adiós a los mediocres. Adiós a quienes no estén en condiciones de jugar las eliminatorias. De qué sirve que en sus respectivos clubes marquen 100 goles, si aquí no producen. He leído y escuchado de boca de muchos colegas y entrenadores, que hay que esperar a jugadores claves (los extranjeros); “en algún momento despertarán”, dicen. Nussan Dorma (nadie duerma), la eliminatoria es hoy y mañana. El futuro no existe para nosotros. Que nadie se queje si es que este es un nuevo fracaso futbolístico. No es propiedad privada nuestra la valentía, la garra y el empuje. Al menos en el fútbol no lo es. Nos falta polenta. Ese punto de codicia, de hambre de hacernos de un nombre. De gloria. Canta Eva Ayllón: “De qué estoy hecha”, lástima que no sea tu canción, sino de Rocío Durcal

No hay comentarios: